Sábado, 20 de octubre de 2018

PRIMER EQUIPO

2013: 100 años de Atotxa (Capítulo III)

Anoeta

Foto: realsociedad.com

Capítulo III: Anoeta con sus pistas (1993 hasta la actualidad)

Se había dejado pasar la oportunidad del Mundial 82 y de dotar a la Real de un campo de fútbol en propiedad en buenas condiciones de accesibilidad a coste cero  pero al menos el debate sobre la necesidad de un nuevo campo de fútbol en la ciudad o alrededores había quedado instalado en la opinión pública, siendo casi generalizada la opinión de que, fuera uno u otro el lugar elegido, había que afrontar la construcción del recinto.

Y es que hasta a los más recalcitrantes y conocidos enemigos del fútbol existentes en nuestro entorno,  como el Sr. Olaverri, a la sazón concejal de urbanismo de aquella época,   no les quedaba más remedio que reconocer que hubiera sido surrealista que San Sebastián se convirtiera en la primera ciudad-capital de provincia del Estado (quizás de europa o más lejos aún) que tuviera que renunciar a participar en la liga de fútbol por falta de estadio en la propia ciudad o alrededores.

Porque Atocha se caía, podía causar alguna desgracia, tenía insalvables problemas para superar las exigencias de la UEFA  y por tanto había que cerrarlo una vez frustradas entre unos y otros las expectativas para su remodelación. La solución era suprimir el fútbol o hacer un campo. No había más.

La remodelación de Atotxa había sido descartada por la voluntad del ayuntamiento de dar una solución urbanística a esa zona de la ciudad, recuperando un suelo público que posibilitara el desarrollo y recuperación de espacios urbanos a la vez que obtenía una interesante recalificación de ese suelo y correlativa edificación de un nuevo barrio de viviendas municipales. La Real iba a abandonar el solar que siempre había ocupado beneficiándose de ello la ciudad, que en justa reciprocidad –y tras haber desechado la alternativa de ubicar el campo en los terrenos rurales de Zubieta- estaba moralmente obligada a encontrar una nueva ubicación a su equipo para levantar su nueva sede.

Efectivamente, la viabilidad de sacar y luego volver a meter en la ciudad a más de 10.000 personas cada 15 días sin producir hasta 4 colapsos circulatorios cada día de partido –colapsos que podían haber resultado letales para el club caso de ser especialmente incómodos- sólo era factible con unas redes de comunicación adecuadas cuya financiación únicamente la organización del mundial hubiera garantizado y una vez esfumada esa posibilidad, había que buscar una ubicación a la que los socios de la capital pudieran llegar a pie, en bicicleta o ciclomotor o bien usando el transporte urbano, es decir, sin hacer uso del coche, para no convertir en insostenible el ya sobrecargado tráfico rodado propiciado por los socios de la provincia, obligados a hacer ese uso -si exceptuamos a los usuarios de trenes de cercanías- fuera cual fuera la ubicación del estadio.

Durante aquellos años de pugna entre Orbegozo y Alcain por buscar (quizás el segundo, “torpedear”) posibles ubicaciones se habían barajado múltiples alternativas, todas ellas factibles pues la ciudad estaba lejos en aquellos momentos de alcanzar el grado de extensión –y correlativo agotamiento de suelo- a que ha llegado en la actualidad.

Se barajaron terrenos como los que a la postre albergaron el centro comercial  Garbera en Intxaurrondo, la vaguada de Ilunbe en la que años más tarde se levantaría la plaza de toros-pabellón del mismo nombre, lo que hoy es el barrio de Riberas de Loiola, entonces un solar casi asilvestrado, los terrenos de la hípica en Martutene que hoy contemplan el paso de una autovía, la zona de Ibaeta-Igara, antes de que se concluyera la urbanización de la ciudad universitaria y zona adyacente de Berio, etc., terrenos todos ellos factibles, bien comunicados y que hubieran supuesto una solución relativamente cómoda, sencilla y barata pero que presentaban el “grave problema” de las fobias de determinados políticos, como el entonces concejal de urbanismo que aún hoy sigue revoloteando en torno a estas cuestiones con aviesas intenciones.

La construcción de Anoeta se decide de modo oficial en la legislatura de 1987-1991, una vez constatada la necesidad urgente de contar con un nuevo campo de fútbol en Donostia por la situación de Atocha. El gobierno municipal del Ayuntamiento de Donostia en aquella legislatura estaba formado por Eusko Alkartasuna y Euskadiko Ezkerra, siendo alcalde D. Xabier Albistur, de EA y D. Javier Olaverri, de EE, concejal de urbanismo. Ambos partidos gobernaban en coalición, asimismo, en la Diputación Foral de Gipuzkoa.

Las fobias a que antes se ha hecho referencia se patentizan en el rechazo que a representantes de ambos partidos políticos producía la posibilidad de gastar una suma considerable de dinero público para que luego fuera una entidad privada, como la Real, quien se aprovechase de la obra. Entidad privada que no lo había sido tanto para torpedearle su campo en Zubieta o para desalojarle de Atocha sin remodelarle el campo dados los intereses públicos que en torno a ella se movían…. pero es que saltan a la vista las fijaciones obsesivas de algunos ocupantes de despachos oficiales en nuestra ciudad/territorio a los que levanta ampollas  cualquier solución satisfactoria para nuestro equipo de fútbol, al contrario de lo que ocurre en ciudades-territorios vecinos, por razones que realmente se le escapan al que esto escribe.

Y sin pasar por alto que esa consideración de “entidad privada” que se da a la Real en el sentido mercantil del término y no de simple club deportivo,  se debe en gran parte a la falta de ayuda institucional recibida por el club para evitar  la indeseada conversión en SAD, en contraposición con lo ocurrido en ciudades/provincias vecinas como Bilbao/Bizkaia y Pamplona/Navarra, donde las respectivas haciendas propias (fruto del régimen de concierto/ convenio, existente también en Gipuzkoa), cajas de ahorro y ayuntamientos habían flexibilizado deudas tributarias y créditos bancarios de todo tipo así como proprocionado los terrenos y financiación necesarias para construir o remodelar los respectivos campos de fútbol en propiedad de sus clubs representativos.

Circunstancias todas ellas que no sólo no se dieron aquí “de motu propio” sino que se impidió al club acceder a esa propiedad (y consiguiente tenencia de patrimonio) incluso habiendo llegado la financiación de la inversión –y consiguiente posibilidad de no conversión en SAD-  por vía externa (mundial 82).

La Real estaba condenada a ser SAD porque nadie le había ayudado y ello pese a haber llegado a lo más alto en su función social, logrando cohesionar a un territorio muy convulsionado en aquellos años 80 al haber dotado de ilusión a su población con unas grandiosas y vibrantes participaciones en las competiciones españolas y europeas que alcanzó desde su modestia y con un equipo  forjado en su propio territorio,  algo que ninguna autoridad parecía agradecer nada más que para salir en las fotos de recepción institucional a los campeones.

Por no hablar del potencial económico, publicitario, turístico, de buena imagen, etc. que esa gran Real Sociedad trajo a nuestra ciudad y provincia. Daba igual, era “un club privado”, era “fútbol” y había que poner todas las piedras posibles en el camino, sin importar los antecedentes ni los agravios comparativos respecto a lo ocurrido en territorios cercanos.

Bajo esas premisas tan marcadamente severas y hostiles hacia nuestro club y la actividad futbolística que desarrolla, desde el Ayuntamiento, finalmente, se decidió emprender un proyecto que fuese más allá del fútbol, y que se plasmó en la ciudad deportiva de Anoeta, aprovechando el “embrión” ya existente.

Anoeta, una zona de equipamientos deportivos que además precisaba de una rehabilitación integral para convertirse en la “Ciudad Deportiva” que es hoy, Ciudad Deportiva  inaugurada en 1950 sobre unos terrenos propiedad del Ayuntamiento de San Sebastián y de la Caja de Ahorros Municipal que albergaron las instalaciones tras haberse aprobado en 1942 la construcción de un pequeño “Stadium” en la zona de Amara, con un presupuesto de 40.000 ptas. y corriendo su financiación a cargo de la Diputación de Gipuzkoa, el Ayuntamiento de San Sebastián, la Comisión de Paro y el Frente de Juventudes.

Una zona que se quiso rehabilitar integralmente aprovechando la necesidad de construir un campo de fútbol porque no se concebía construir tan solo ese campo de fútbol, haciéndose por tanto necesaria, en la cortedad de miras de nuestros políticos “alérgicos” al fútbol, una obra faraónica para la que no existía financiación, pues junto a la rehabilitación de toda la extensa y vetusta área del viejo complejo de Anoeta había que abordar actuaciones sobre las vías del topo (que contemplaban un peligroso paso a nivel con barrera) y los viales de subida a Hospitales, que no podían dejar colapsadas a las ambulancias los días de partido.

Daba igual, no se podía hacer sólo un campo de fútbol porque no debía parecerles suficientemente justificado y había que abordar por tanto, de golpe y porrazo, la rehabilitación integral de una extensa área deportiva que llevaba cerca de 40 años en estado  vetusto y que precisaba de expropiaciones de terrenos a propietarios con negocios en marcha, dotación de espacios lúdicos modernos a los vecinos en sustitución de los suprimidos etc, etc. etc.

Actuaciones loables todas ellas, evidentemente,  pues nada cabe oponer a la decisión de dotar a la ciudad de las instalaciones necesarias para otras actividades deportivas, especialmente el atletismo con la construcción del coqueto y funcional miniestadio, pero que se topaban con el “pequeño” problema de la falta de presupuesto, pues aunando las cantidades disponibles por el ayuntamiento con la ayuda de la Diputación y la propia Real, sólo llegaba para la construcción de un buen campo de fútbol en un solar desocupado, sin pretenciones más ambiciosas.

Los políticos municipales, sin embargo, empecinados con su idea “multideportiva”  contemplaban la construcción de un campo de fútbol, un pequeño estadio de atletismo, las piscinas del Paco Yoldi, la reforma de los polideportivos de la zona y la reurbanización de todo el complejo,  compuesto por velódromo, frontones, Palacio del Hielo, piscinas y polideportivo ya existentes, pluralidad de obras que reducían sensiblemente las cantidades que en otros municipios se han dedicado a campos de fútbol “strictu sensu” y que obligaban a recurrir a financiación externa.

El presupuesto inicial se calculó en unos 2.500 millones de pesetas a repartir entre Ayuntamiento,  Diputación y Real Sociedad, distribuidos a razón de 1.750 millones de pesetas para el estadio (unos 10,5 millones de euros), 500 millones para obras de urbanización (unos tres millones de euros) y 200 millones para el futuro miniestadio (1,2). En total, unos 2.450 millones más el IVA (14,7 millones).

Desde la Diputación de Gipuzkoa, compuesta por Eusko Alkartasuna y encabezada por Imanol Murua, dieron su visto bueno al proyecto, pero la ayuda de la entidad foral no era suficiente para completar la obra por las razones anteriormente expuestas.

El gobierno municipal hubo de recurrir por tanto al Consejo Superior de Deportes (CSD) y al Gobierno Vasco. El Ejecutivo autonómico, formado por el Partido Nacionalista Vasco y el Partido Socialista de Euskadi, y el CSD, que depende del gobierno estatal, tampoco contemplaron con buenos ojos la idea de financiar una instalación así para regalársela a la Real.

Por aquel entonces, el CSD quería promover el atletismo e impuso la construcción de las pistas a cambio de entrar en el proyecto, y el Gobierno Vasco se sumó después a esta exigencia indicando que sólo entraría en el proyecto a cambio de que el campo de fútbol previsto pasara a convertirse en el Estadio Nacional de Euskadi. Aceptar esta condición se convirtió en la única solución posible para financiar el proyecto, y la idea del campo de fútbol dio paso a la del estadio de atletismo.

En una de las primeras exposiciones públicas de la obra, en febrero de 1988, el propio viceconsejero de Deportes, Javier Zubiarrain, revelaba que la víspera habían tenido una discusión “de dieciséis horas” sobre la posibilidad de hacer un campo de fútbol y un miniestadio de atletismo, pero al final se impuso la opción del “estadio de elite de Euskadi”. En esa misma rueda de prensa, Albistur dejó claro que el CSD no había estado “dispuesto a construir un campo de fútbol a un equipo profesional”.

Puede decirse en consecuencia que la obra prevista de un campo de fútbol para la Real se convirtió en una absoluta apuesta por el atletismo, pues si de un lado la reordenación de todo el complejo tenía como objetivo que el atletismo pudiera ser practicado por los ciudadanos en condiciones mucho mejores que las existentes en el viejo estadio, ello conllevaba un sobrecoste adicional que requería recurrir a la intervención  de otras instituciones, las cuales elevaron las exigencias hasta el punto de imponer las pistas de atletismo sobre el propio campo de fútbol apostando de este modo por el “atletismo espectáculo” con la intención (que ni ellos mismos se creían, añado, tal como luego se demostró) de traer a San Sebastián grandes competiciones de este deporte, lo cual devino en “requisito sine qua non” para que el nuevo campo de fútbol pudiera construirse.

Bajo estas premisas, el proyecto inicial, ya de por sí inflado hasta los 2.750 millones de pesetas con la reordenación de toda la vieja zona deportiva, pasó a ser de 4.000 millones incluyendo el considerable aumento de la superficie a ocupar por el estadio con sus pistas más la  reurbanización de la zona ampliada, cantidad que, en los  planteamientos iniciales posteriores a la imposición de las pistas, iba a ser abonada a partes iguales por Ayuntamiento, Diputación, Gobierno Vasco y CSD .

Sin embargo, como en toda obra, los costes finales se dispararon hasta llegarse a un total de 6.000 millones de pesetas, que al final tuvieron que ser asumidos en gran parte por el propio Ayuntamiento quien, junto a la Diputación sufragó más del 50% de la obra. En total, 2.700 millones de pesetas por parte del ayuntamiento, 1.300 millones la Diputación, menos de 1.000 millones el Gobierno Vasco y tan solo 600 millones el Consejo Superior de Deportes, que fueron utilizados para  llevar a cabo la instalación polideportiva de la piscina y el polideportivo, debiendo ser completado el sobrecosto de la obra incluso con las cantidades aportadas por la propia Real (500 millones teóricamente destinados al pago del alquiler del campo durante 50 años) que también acabaron destinándose a la edificación del estadio.

Completo fracaso por tanto de una operación, que, basada únicamente en la negativa a construir algo tan sencillo y habitual como un campo de fútbol digno en el que nuestro equipo pudiera jugar en régimen de alquiler -como ocurre en casi todos los lugares de la geografía española y europea, y con equipos que concitando mucha menos adhesión de su gente que el nuestro, han hecho bastantes menos méritos para ello-, contempló un colosal sobrecoste económico para una obra faraónica que las instituciones que la habían impuesto no financiaron y que además se convirtieron en un dislate por su infrautilización pues hoy es el día en que pueden contarse con los dedos de la mano las competiciones atléticas que en ella se han celebrado (sin conseguir llenar el recinto ni tan solo una vez), ello sin contar el daño que en todos los órdenes dichas pistas  han causado a la Real y que en el último capítulo abordaremos aunque … ¿quien sabe?… quizás era ese el efecto buscado. Alguno que tanto se empecinó en tan ruinosa y dañina obra aún sigue intentando causar con la misma todo el daño que pueda a la Real desde sus irrisorias columnas que algún diario de poca tirada tiene el mal gusto de publicarle de cuando en cuando para aventar sus obsesiones y posible mala conciencia.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

error: ¡El contenido está protegido!