Sábado, 20 de octubre de 2018

La última ascensión de Marco Pantani

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Italia es un país muy especial, peculiar. Cualquiera que haya estado allí alguna vez ha tenido la oportunidad de comprobarlo. Es un lugar lleno de contrastes, con ciudades maravillosas y gentes muy peculiares. La pasión con la que se vive todo en el país transalpino es difícilmente comparable a cualquier otro lugar en el mundo. Y cuando alguien conquista el corazón de Italia cuenta con un ejército de por vida, que le acompaña hasta la muerte. Eso es lo que le sucedió a Marco Pantani (Cesena 13.01.70).

Con 1,72 metros de altura y 57 kilos de peso, Pantani tenía el tipo clásico de escalador. No fue un ciclista al uso de los años noventa, sino la reencarnación de los escaladores de décadas anteriores. Tardó muy poco en ganarse el corazón de los tiffosi, que encontraron en él al gran ciclista que tanto tiempo llevaban esperando. Fue el primer italiano en ganar el maillot amarillo del Tour desde que lo hiciera el legendario Fausto Coppi 46 años antes. Todo el país se quitó una gran losa de encima aquel año.

El de Cesena se convirtió pronto en un símbolo para los italianos, como la Ferrari o la Azzurra. La pasión con la que seguían al `Pirata’ era espectacular, pero no sólo los italianos, sino que los aficionados al ciclismo veían en él la reencarnación de los grandes escaladores.

En un ciclismo dominado por los contrarrelojistas, Pantani fue el primer escalador que ganó el Tour desde que lo hiciera Pedro Delgado en el 88. El italiano lo consiguió en 1998, año en el que hizo doblete con el Giro. El ‘Pirata’ era el menos ortodoxo de los ciclistas de esa época, era el único, junto al ‘Chava’ Jiménez, capaz de levantar a los aficionados del sofá con sus arrancadas en la alta montaña.

Marco ganó el Tour en 1998, después de que lo hicieran Ulrich, Rijs o Induráin, grandes contrarrelojistas que superaban sin dificultades la montaña, pero unos ciclistas fríos. Pantani era lo contrario, dotado de un carisma especial, él se crecía en los grandes puertos, allá donde los otros ciclistas más sufrían. En la segunda mitad de los noventa las etapas de montaña tenían espectáculo garantizado gracias al ‘Pirata’.

Pero al igual que a todos sus coetáneos la lacra del dopaje también sacudió a Pantani. Ganó la célebre edición de 1998 del Tour de Francia, famosa por ‘el caso Festina’, que irremediablemente empañó la victoria del italiano. Las acusaciones de dopaje  también le salpicaron y en el Giro del 99 fue descalificado siendo líder a pocas jornadas para su conclusión. Con cuatro etapas en su haber, el italiano había sido de largo el mejor, pero unos niveles altos en su nivel de hematrocrito le sacaron de carrera. Aquel episodio fue el principio del fin, y de entonces su estrella languideció.

No se pudo probar su dopaje y al año siguiente volvió a presentarse en el Tour, aunque ya sin opciones de victoria, y acabó abandonando después de ganar dos etapas. Nunca se repuso de aquel golpe. Antes de ese Giro era la gran estrella del ciclismo, el más querido, pero la sombra de la EPO le persiguió desde entonces. Si bien nunca dio positivo, el daño que sufrió su imagen le dejó marcado para siempre.

El italiano fue el gran rival de Armstrong en los primeros años de dominio del americano. Los aficionados, que no tenían especial aprecio por el yankee, confiaban en Pantani para que batiera al ‘extraterrestre’, pero no fue capaz. Sus derrotas ante Armstrong, unidas al Giro del 99 propiciaron el fin de la carrera de Marco.

En 2004, cuando ya llevaba unos años retirado, su cuerpo fue hallado sin vida en un hotel de Rimini. Según la autopsia murió por culpa de un edema pulmonar y cerebral originado por la ingesta de cocaína y antidepresivos.

Escalador puro, hombre de fuga, nadie pudo seguir su rueda aquel fatídico 14 de febrero, su última ascensión, y hoy, diez años después, permanece en lo más alto.

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