Sábado, 14 de diciembre de 2019

Arconada y el país de las maravillas

Mikel Recalde (Donostia, 1975)

 

Foto: Don Balón

Foto: Don Balón

Una de las peores cosas que te pueden suceder en la infancia es que cumplas años cerca de las fechas de Navidad. Nací  un 10 de enero de 1975 y en todos mis aniversarios me la intentaron jugar para escamotearme regalos bajo el pretexto de que ya me habían hecho demasiados la noche de Reyes. Una de las soluciones que encontramos después de duras y tensas negociaciones, en las que esgrimí como principal argumento para presionar el repertorio de presentes que recibía mi hermano mayor todos los 25 de julio (una fecha perfecta, siempre ha sido un estratega el muy…), es que podíamos celebrarlo el 10 de febrero, es decir un mes después, una vez rebajado y olvidado el frenesí consumista navideño. 

El caso es que, con el paso del tiempo, pese a los que consideraba como hábiles movimientos, creo que me siguieron engañando muchos años. Y eso que mi madre ha sido y es la mejor regaladora que conozco, de ahí mi esfuerzo por explotarlo al máximo. De todos los obsequios que recibí cuando era niño, hay dos que los sitúo en lo más alto de mi top ten. Una portería para mi cuarto que me montaron a escondidas el 15 de junio de 1986 (cinco meses después de mi cumple, no comment) en pleno Mundial de México, justo el día en el que el anfitrión Negrete anotó ese maravilloso tanto de chilena ante Bulgaria. Y, por supuesto, la txartela de socio de la Real. Esta llegó una inolvidable noche de Reyes cuando estaba a punto de cumplir 10 años. Que conste que llevaba bastante tiempo peleando por conseguirla, pero a mi aita ya no le apetecía ir al campo, por lo que si me hacían socio era para ir solo, algo que no me importaba en absoluto con tal de ver a mi Real. La verdad es que ahora miro a mi sobrino Iñigo, que tiene justo esa edad y me parece realmente llamativo que ya tuviera esa devoción por el fútbol. Y, por qué no reconocerlo también, que mis padres accedieran a que acudiese sin compañía al campo.

Ir a Atocha cada domingo era toda una aventura para mí. Antes había acudido al estadio de Duque de Mandas en ocasiones muy puntuales. Recuerdo mi primera vez, en un Real-Sevilla del año del primer título, que nos llevó mi aita a los dos hermanos en un duelo que acabó 3-0 con un gol de López Ufarte de córner directo. O la vuelta de la eliminatoria ante el Sporting de Lisboa en cuartos de la Copa de Europa, con 2-0 y tantos de Larrañaga y Bakero, a la que me llevó mi primo mayor. Y no olvido que el buenazo de mi padre nos compró dos entradas para que disfrutásemos con el mejor futbolista del mundo, Maradona, cuando visitó Atocha con el Barcelona. De ese día, solo se me quedó grabado el golazo que logró Uralde en un cabezazo en plancha que dejó los puntos en casa. Por algo ya había sentido en esa época que, por increíble que me pareciese,  había encontrado  algo que me gustaba más aún que el fútbol. La Real.

Mi rutina casi todos los domingos, porque la mayoría de encuentros se disputaban a las 17.00 horas, era la siguiente. Durante la comida ya estaba nervioso y tenía monotema, centrado normalmente en el análisis del rival. Casi siempre optimista, tenía que ir convenciendo de las posibilidades del equipo al cenizo de mi aita. A las 16.00 horas, me llevaba hasta la esquina de la Avenida de la Libertad con Oquendo, donde estaba la tienda de ropa de niños Friki que regentaban mi madre y mi tía. Desde ahí me iba andando, cruzaba el puente de Santa Catalina y entraba por la puerta situada al lado del mercado de frutas, más cerca de la estación. Mi localidad se encontraba casi en el centro del campo, debajo del palco, y todavía puedo contar al detalle las debilidades y manías de todos los abonados que anidaban a mi alrededor. A mi derecha se sentaba un señor muy mayor y a mi izquierda la familia Parra, que me trataron como a un hijo y que yo creo que alucinaban con el proyecto del Maldini (sin antenas parabólicas) que tenían a su lado, porque lo sabía todo. 

Cuando faltaban dos o tres minutos para el final, me despedía discretamente y me acercaba hasta la entrada del vomitorio, donde agachado esperaba siempre al pitido final. Desde ahí gocé con momentos imborrables como el 2-1 que marcó Bakero al Valladolid en la campaña 1985-86 al convertir en gol un saque del centro por el tanto del empate que llegó tras un error garrafal del bisoño González. O la diana en el descuento de Larrañaga al Partizan en la UEFA, en un partido para olvidar de los realistas que luego caerían eliminados. 

Volvía a recorrer el camino a la inversa hasta Friki, donde me aguardaba mi padre que, de vuelta a casa, escuchaba interesado las primeras crónicas periodísticas de partidos de mi vida. Nunca podré agradecértelo como mereces, aita.

He hablado de Bakero, que era mi gran ídolo entre los jugadores de campo blanquiazules. Su forma de jugar en el Barcelona de Cruyff, como pivote en la mediapunta y muchas veces de espaldas para luego incorporarse al remate, difuminó el extraordinario delantero que maravilló vestido de txuri-urdin. Pero en Atocha, por encima de todos, estaba el rey. “No pasa nada, tenemos a Arconada”. Nunca un cántico ha definido mejor la sensación que tenía una afición por contar con el mejor portero que, al menos yo, he visto en mi vida. La seguridad que transmitía era absoluta y en la visualización previa de los encuentros importantes te permitía centrarte en otros focos, porque sabías que en la portería realista no iba a haber fallo. Imposible de borrar vuelos a la escuadra como una parada que le hizo a Schuster en la portería del mercado de frutas o una mano inverosímil, después de corregir su estirada en el aire, en un disparo del pucelano Minguela que cambió de dirección.

Atocha era diferente. Olía a hierba, se escuchaban las patadas y los gritos de los jugadores y podía convertirse en una olla a presión tan influyente como los estadios más calientes del mundo. Han sido muchos los partidos en los que los gritos de la grada acababan por ponerte la piel de gallina. En ocasiones parecía hasta que se hacía realidad la leyenda de que la afición también marca goles. Me quedo con lo vivido en los últimos minutos ante el Madrid en la vuelta de la Copa en 1992, cuando solo el árbitro impidió que la Real igualara el 4-0 con el que se había presentado en Donostia. Aquella noche, como tantas otras cuando mis amigos decidían ir al campo, cambiaba mi privilegiada localidad por dejarme la garganta en el fondo de la Torre. El volumen llegó hasta unos niveles tan altos que nadie a mi alrededor escuchó el pitido del árbitro antes de que Carlos Xavier (otro de mis ídolos) anotara el 5-1 que no subió al marcador y que habría forzado la prórroga (los goles fuera no valían doble aún). Lo peor de todo es que mi amigo Pichi, embriagado por la euforia, me había empotrado la cara contra la valla. Me fui a casa ensangrentado y rabioso por lo que pudo haber sido y se quedó en nada. 

Atocha era genial, pero se caía a cachos. Los baños, en lugar de orinarlos te orinaban ellos a tí. La mudanza era necesaria y obligada, pero la frialdad de Anoeta me sirvió de coartada para, después de tantos años sin fallar nunca (he dicho bien nunca), soportar el perderme muchos encuentros por emigrar a Madrid para estudiar y empezar a trabajar. Ya nada volvió a ser lo mismo, pese a que por encima de cualquier escenario permanezca inalterable mi sentimiento txuri-urdin.

Mucho tiempo después, mi profesión me llevó a conocer a Michel, uno de los villanos más odiados por la afición  donostiarra. Jamás olvidaré lo que me dijo el madrileño, que me trata siempre con un cariño entrañable, cuando le hice una entrevista para hablar de sus vivencias en aquel viejo campo: “A mí me encantaba jugar en Atocha. El césped siempre estaba en buenas condiciones y el ambiente es de los que atraen a los futbolistas de verdad”. En ese momento comprendí lo afortunado que había sido por haber podido disfrutar de tantas experiencias insuperables en el que para mí se convertía cada quince días en el país de las maravillas.

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