Lunes, 24 de julio de 2017

Félix Iñurrategi, la luz de la tragedia

El alpinista de Aretxabaleta dejó su vida en la que era su pasión, la montaña.

Foto: ikasbil.net

Foto: ikasbil.net

Hay mitos que son como destellos en el cielo, momentos únicos que suceden y que después se apagan para no volver a brillar. Hay mitos que se apagaron súbitamente, que sus llamas ya no calientan y que las cenizas se enfriaron por siempre. Y sin embargo, esos son los mitos que resisten a morir de verdad, a morir de olvido. Esa es la única desaparición que ya no vuelve, el olvido. Siempre hay luz para los mitos de verdad. Para ese tipo de mitos que caminan en las estrellas más altas. Para ese tipo de personas como Félix Iñurrategi.

Félix Iñurrategi Iriarte nació en Aretxabaleta, en mitad de un valle forjado en el acero y la industria. Un lugar de gran belleza, de sugestivas montañas que invitan al mundo a ser descubiertas, de gentes que viven enamoradas de sus bosques. En ese entorno comenzó el joven Félix a caminar por las estrellas, siempre de la mano de su hermano menor, Alberto. Tan solo un año separaba a ambos hermanos, pero su estrecha relación se fue estrechando en torno a una misma pasión, la montaña. Bertsolari consumado, el joven Félix cursó sus estudios de Perito Agrícola en Atarrabia. Los Iñurrategi eran, pues, un par de jóvenes enamorados de las cumbres de su tierra, dos jóvenes que compartían ilusiones con muchos de sus vecinos. Solo que los Iñurrategi tenían reservado un lugar en la constelación del deporte de Gipuzkoa.

Los hermanos Iñurrategi comenzaron pronto a moverse por los vastos montes vascos, hacia el año 1984. Sus primeros objetivos, los accesibles Atxarte y Etxauri, abriendo algunas vías en Araotz. La montaña enganchaba, y en 1987, Félix y Alberto viajan al Verdón. El mismo año, suben el Mont-Blanc por la vía normal. Desde este momento realizarán su actividad de montaña de manera conjunta, y esa unión solo se vería terminada con la trágica pérdida de Félix. 1988 es un año fructífero para los Iñurrategi: escalan el Pilar Bonatti del Dru. Así mismo, completan la Travesía de los cuatromiles. Un año después, escalan El Capitán, en el Parque Nacional de Yosemite, Estados Unidos. A partir de este momento, los montañeros pondrán su vista en el Himalaya, el Shangri-La del alpinismo mundial.

Una carrera fulgurante

Félix y Alberto comienzan a realizar un entrenamiento vigilado, con la mente puesta en los picos más altos del mundo. Su travesía por el techo del mundo comienza al subir al Pumori por la vía normal, en 1990. El año siguiente, Félix es testigo de la proeza de su hermano Alberto, que se convierte en el alpinista más joven de ese momento en subir el Everest sin oxigeno. Lo cierto es que ese año de diferencia hizo que no fuera el propio Félix quien tuviera tal honor, pero sea como fuere, la travesía vital y profesional de los hermanos Iñurrategi se sentía imparable en ese momento.

1993 es un año perdido, en el que se retiran del ascenso del mítico K2 cuando se encontraban ya a 8.100 metros de altura. El pico caería un año después, subiendo junto a un elenco de montañeros de gran nivel como son Kike de Pablo, Juanito Oiarzabal y Juan Tomás. Esta actividad merecerá una mención dentro del Piolet de Oro. Después vendría la cumbre del Cho Oyu, que lo suben al estilo alpino, y seguidamente, Lhotse. Félix y Alberto, el tándem de moda en el alpinismo, seguía devorando picos uno tras otro.

Sería 1996 cuando suben al Kangchenjunga, acompañados por Juanito Oiarzabal. Meses después, su hermano Alberto se ve envuelto en unas avalanchas en el Shisha Pagma, avalanchas que atraparon al propio Oiarzabal y Juan Vallejo. Aun así, los hermanos hacen cumbre junto con Josu Bereziartua. En 1997 subirán el Broad Peak en cinco horas. Ese mismo año se vinculan con el programa de TVE “Al filo de lo imposible”, visitando Mount Cook en Nueva Zelanda. El nuevo año traerá sinsabores (retiradas de Manaslu y Gyala Bari) y triunfos (cimas en Dhaulagiri y Nanga Pargat) por igual. Dos años después, en el 2000, hacen cumbre en Manaslu el 25 de abril. Sería la última expedición de la que volvería Félix a Gipuzkoa.

Tragedia

La provincia se levantó convulsionada, con el llanto aun visible, con el corazón encogido. Era un 28 de julio cuando Félix perdía la vida en  la montaña. La incredulidad daba paso a la rabia contenida de sus vecinos, que no se podían hacer a la idea de que uno de sus hijos más queridos  hubiera perdido la vida en la que había sido su pasión, la montaña. Los ascensos a los montes no fueron los mismos para las cuadrillas del Alto Deba, sobrecogidos por la magnitud de la tragedia. Félix acarició las estrellas por última vez a la temprana edad de 33 años.

La majestuosidad nevada del Gasherbrum II se tiño de escarlata cuando Félix, después de hollar la montaña comenzaba su descenso por las peligrosas laderas del gigante asiático. Un precipicio de más de 400 metros de caída terminó las esperanzas de Félix, que resbalaba de manera trágica mientras bajaba por una cuerda fija por las escarpadas laderas del monte. Era el duodécimo ochomil de los hermanos Iñurrategi, que ya tenían en mente la proeza de terminar ese mismo año 2000 con el desafío de los ochomiles. Las ilusiones de subir el Annapurna y el Hidden Peak desaparecían en el viento helado de las montañas de Pakistán. Félix perdía la vida, y cambio, recibía el don de la inmortalidad para toda la gente que lo conocía y admiraba.

Su cuerpo descansa desde entonces en esa montaña, a los pies del precipicio que segó la vida de uno de los montañeros con más proyección del mundo, y dejó huérfanos a toda una legión de seguidores incondicionales, a toda esa gente que lo admiraba por su tesón y su capacidad. Félix era un ídolo en Gipuzkoa, un ejemplo a seguir por miles de aficionados al montañismo y por la juventud de la provincia. Ese último sacrificio en la montaña elevó al mayor de los Iñurrategi al Olimpo de los deportistas guipuzcoanos, caído en acto de servicio. Un verano aciago que entristeció a todo Euskadi.

Félix es el paradigma de lo que pudo ser y no fue por culpa del infortunio. Sus condiciones como montañero eran brutales, y ese plus que suponía el trabajo conjunto con su hermano propició que el mayor de los Iñurrategi se ganara el cariño y el respeto de todos. Deportista precoz, siempre fue un ejemplo en sus años como alpinista. Los aficionados al monte ven en él al hombre que pudo haber sido todo en el montañismo pero que fue víctima de su propia pasión. Es por eso, quizá, que a Félix se le quiera incluso más. Dar la vida por lo que uno quiere, por lo que uno ama, es siempre motivo de respeto y amor.  Al fin de al cabo, Félix nunca murió de olvido. Murió de pasión. Félix Iñurrategi, la luz de la tragedia. Félix Iñurrategi, un deportista Gipuzkoa Label.

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